
Ocurrió mucho antes de conocer
Linköping. Cuando me decidí por este año solía tirar dardos al mapa de
Suecia. El metal siempre atravesaba
Uppsala.
Uppsala posee la universidad más antigua de
escandinavia y es la tierra de
Igmar Bergman. Fue decepcionante no poder vivir allí y se convirtió en una obligación. Quizá no fuese la mejor fecha para venir la víspera del 1 de Mayo. Sobre una reciente primavera algo más que todo el pueblo devastó las calles para enterrar el invierno en la
Noche de Walpurgis. El alcohol y la perversión acabó con esta tradición hace demasiado tiempo según algún resentido del lugar. Entre los jardines poblados por jóvenes embaucados y el amasijo de desechos aun la ciudad inquebrantable de siempre, paciente, silenciosa. Miramos arriba, a esas torres protectoras del legado
vikingo, seguimos el curso del
río dejando a cada lado rincones espejos de otra
Suecia, irrumpimos en las habitaciones de la universidad sepultados por el misterio de sus siglos, y llegó la noche. Nos abrazamos a la luz de una farola, nos bebimos las palabras y el licor de sus ideas, fuimos otros con sus pasos. Después vino la oscuridad con todas sus esquinas. El cementerio y la vuelta.
Bergman.
