miércoles, 18 de marzo de 2009

La entrevista fue sobre Bergman

Andan haciendo entrevistas a todos los erasmus. Nos citan y acudimos a arrojar nuestras diferencias con la vida sueca. Se trata de unos diez minutos conversando con una mujer con la que llevamos tratando todo el año. Bajo esa furia blanquecina que tiene por melena y esos ojos azules azotados por el Báltico aguarda un ser que recoge cualquier problema como pudiese hacerlo una madre. Reconozco que acudí con algo de temor. Son casi ocho meses aquí y aún se me encoge el estómago cuando me enfrento con la burocracia. Incluso llegué a pensar en no asistir pero tratándose de Monica Mellberg son pocos los que pueden hacerlo sin soportar un ardor en las entrañas. Y ahí estábamos los dos, ella haciendo preguntas sobre su guión, yo respondiendo sobre el guión de mis días. Me preguntó si quería hablar de algo en especial y no dudé en contarle la principal razón por la que vine. Pronto se convirtió en una tertulia sobre Igmar Bergman. El modo en que la sociedad sueca se ve plasmada en su obra, la tragedia de sus planos, el guión hipnótico en busca del trauma, la sesión siniestra de compartir terapia con uno de sus personajes. Acabó rápida la entrevista, demasiado. Salí del despacho golpeado por aquellas reflexiones. En ese momento hubiese hecho el mismo viaje del Profesor Isak Borg en Fresas Salvajes, en ese momento fuimos Bergman, Mellberg y yo.

domingo, 15 de marzo de 2009

Granjas






Existen unos lugares alejados de los bosques y de las ciudades. Por estos lugares no transitan grandes pelotones de gente, hasta ellos no llegan carreteras principales ni están de paso entre puntos señalados en el mapa. Se trata de las granjas. Huyen de la muchedumbre, viven escondidas en grandes extensiones de terreno, lejos de la corrosión del progreso. Únicamente se sienten intimidadas por algún viajero que deambula, se comunican por unos caminos desdibujados sobre la tierra y suelen ser el final del trayecto. Todo el que llega ha de deshacer sus pasos, no hay otra salida. Es lo más cercano al mundo antiguo, a ese mundo del blanco y negro del "Manantial y la doncella" o "El séptimo sello", al del sudor para seguir viviendo. A lo lejos unas niñas juegan con unas bestias. Mientras un hombre trabaja la tierra con un arado, su mujer ordeña unas vacas. Me acerco y saludo. Apenas se atreven a contestar. Es su espacio y yo tan solo un espectador. Es el momento de dar la vuelta y dejar la tierra intacta con su negrura y su silencio.

jueves, 12 de marzo de 2009

El Cementerio de Linköping






Vengo a menudo. Es un lugar apacible. Aparco mi bici en la entrada y recorro sus cuadrículas. Converso conmigo sin advertir hacia donde camino. Me detiene una lápida de alguien demasiado joven. Esa chica no debería estar aquí, se lo ha perdido todo. Yo creía que tenía problemas. Menudo gilipollas estoy hecho. Prosigo porque mi vida prosigue y siento que abandono a un ser querido. Aparto la nieve de un banco para sentarme. Esa chica ha golpeado mis entrañas. Jamás la conocí, no supe de su existencia hasta hace unos minutos, incluso vivió en otro siglo pero tengo recuerdos de ella. Le gustaba el cine de Bergman, sobre todo "Fresas salvajes", siempre volvía al mismo bosque con su perro negro, cenaba con sus padres y a veces bebía demasiado. Pasaba tiempo con su hermano, escuchaba sus amores y callaba los suyos para mejores ocasiones. Sentía fascinación por la soledad hasta que un día quedó en soledad para el resto del tiempo. A partir de ese momento comenzó a vagabundear por la cabeza de los suyos. A su madre le hacía llorar, se acercó más a su padre y le mostró un camino distinto a su hermano. Ahora está conmigo. Solamente duerme. A veces se despierta. Me abraza. Me susurra. "No te vayas nunca del cementerio de Linköping".