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Llegué a Suecia demasiado predispuesto, con una lista mental de cosas por hacer, con todo bien amueblado y sobre todo muy convencido. Ya que estoy por arriba cómo no visitar Noruega, Finlandia y Dinamarca, incluso puedo llegar a Rusia y pisar la tierra de Dostoievski. Otro propósito era evitar a toda costa españoles, por eso de lograr el preciado idioma sajón, ya me entendéis, un tiempo retirado de la faz de la tierra para volver con un completo dominio del inglés. Y por supuesto, si iba a estar un año por aquí tenía que aprender sueco, no se pueden desperdiciar oportunidades de este tipo. Tras una decena de días he sufrido un profundo desalojo y toda mi maqueta mental parece haberse derrumbado. El precio de las cosas es prohibitivo. Lo se porque lo dicen mis compañeros acostumbrados ha hacer la compra porque yo soy nuevo por aquí. Con todo esto mis viajes se ven seriamente amenazados. Luego está el tema de los españoles. Nada más verlos se me activan las defensas y acudo a ellos en busca de abrigo, a practicar la lengua castellana que parece exterminada. Y qué puedo decir del sueco. Aquí no se escribe, se dibujan círculos y puntos por los aires, no se habla, se escupe y a veces incluso se canta. Desde el primer día se diferenciaron tres grupos claramente. Están los alemanes que dominan en su totalidad el arte de la saliva focalizada, perecen haber estado toda su vida entrenando semejante ejercicio. Luego los escuchas entre ellos y comprendes su éxito. Hay un segundo grupo al que pertenecen holandeses, franceses, suizos y demás países. Estos no terminan de apuntar bien, pero su trayectoria se queda bastante cerca de alcanzar algo grande. Y por último estoy yo, que no se si ducharme en el intento o tragármelo todo. Tal vez no importen unas cuantas gotas más, de todos modos aquí siempre llueve y siempre me mojo. Hasta mañana amigos.
