


Última madrugada sobre
Linköping. Apenas
anocheció hace un par de horas y ya los pájaros anuncian otro amanecer. Quedan lejos las tinieblas del invierno, hoy el cielo no acaba de ser oscuro. En este momento termino. La semana transcurrió entre papeles, paquetes a España, horarios de autobuses, limpiezas en el cuarto, y la monotonía de costumbre. La vuelta se hace dura cuando es definitiva, y el espacio es escaso para compartirlo con compañeros. Salí de un habitáculo entre lágrimas, mi memoria en
Suecia comienza por sus rostros. No pude decirles nada pero ellos saben todo lo que quise decirles. Después recorrí el bosque. He pasado muchas tardes por esos caminos, me he hecho el fuerte adelantando suecas y he imaginado historias con finales entre los árboles. De regreso a mi cuarto de nuevo estaban esos ancianos sentados en esas piedras, callados, recién salidos de sus cuevas, puntuales ante otra primavera. Esta vez tampoco me dijeron nada. Y ahora estoy junto a la ventana como cada noche, derrotado por el paso del curso. Una madrugada frente a mi vida en
Suecia. Nieve, bosques, lagos, luz, compañeros,
Bergman, todo frente a unas horas. En unas horas pisaré de forma definitiva las calles de
Linköping. Para el jinete de
Stora Torget seré otro estudiante que regresa a su país, otro joven con la maleta llena de recuerdos en un gesto dividido entre el Sur y su viaje de diez meses. Mañana vendrán otros porque antes otros ya se fueron. Para mí únicamente somos nosotros atravesados por ese jinete y mañana no serán otros. Únicamente nosotros.
